¿Por qué seguimos eligiendo líderes rodeados de «Ahitofeles» y «muchachos» destructivos?
Vivimos en la era de la hiperconectividad, del diseño de imagen y de la ingeniería política. Hoy en día, un candidato a la presidencia, a una alcaldía o a un congreso no es solo un ciudadano con aspiraciones; es un producto de consumo masivo perfectamente empaquetado. Detrás de sus sonrisas ensayadas frente al teleprónter, de sus videos virales en redes sociales y de sus discursos milimétricamente estructurados para apelar a nuestras emociones más viscerales, opera una maquinaria invisible.
El gran error del electorado moderno es evaluar el escenario político como si se tratara de un monólogo. Analizamos al candidato de manera aislada: sus propuestas, su carisma, sus tropiezos verbales. Sin embargo, la historia de las civilizaciones, la ciencia política y la Palabra de DIOS nos gritan una verdad incómoda: nadie gobierna solo.
Un gobernante no es una isla; es el reflejo directo del altar moral, espiritual e institucional de la gente a la que decide escuchar. Las decisiones que alteran el destino de millones de familias no nacen en los debates públicos, sino en los pasillos oscuros donde los consejeros susurran al oído del poder.
Para entender el destino de una nación antes de que se abran las urnas, debemos viajar en el tiempo y desenterrar dos de las crisis de gobernabilidad más agudas de la literatura antigua: la rebelión de Absalón contra el rey David y el colapso del reino unificado de Israel bajo el mando de su nieto Roboam.
En estas crónicas se esconden los tres arquetipos de consejeros que hoy en día operan en el entorno de cualquier aspirante al poder y cuyos «frutos» determinarán el éxito o la ruina de nuestras naciones.
1. El síndrome de Ahitofel: el peligro de la genialidad sin brújula moral
Durante el período más turbulento del reinado de David, su propio hijo Absalón orquestó un golpe de Estado. Para que la rebelión tuviera éxito, Absalón necesitaba legitimidad y estrategia. Por eso, su mayor victoria no fue reclutar soldados, sino robarse la mente más brillante de la época: Ahitofel.
La Biblia describe el calibre intelectual de este hombre de una forma impactante:
«Y el consejo que daba Ahitofel en aquellos días era como si se consultara la palabra de Dios» (2 Samuel 16:23).
Ahitofel poseía una mente estratégica impecable. Sus análisis de coyuntura eran quirúrgicos; sabía exactamente dónde golpear para desestabilizar el orden establecido. Sin embargo, su etimología hebrea esconde una advertencia trágica: Ajitófel proviene de Ach (hermano) y Tofel (insensato, tonto o ruina). Su nombre significaba de forma literal: «Hermano de la insensatez» o «Mi hermano es ruina».
¿Cómo es posible que el hombre más brillante de la nación fuera
llamado «hermano de la ruina»? Porque Ahitofel representaba el pragmatismo despiadado. Su intelecto no estaba subordinado a principios morales, sino al oportunismo y a las causas intestinas (apasionamientos radicales generalmente progresistas y de izquierda). Cuando vio que el viento soplaba a favor de la rebelión, traicionó años de lealtad al rey David para asesorar al usurpador. Su consejo para consolidar el poder de Absalón fue moralmente aberrante: le sugirió violar públicamente a las concubinas de su padre para sellar la ruptura familiar y política. Fue una estrategia técnicamente efectiva para la guerra psicológica, pero espiritualmente podrida.
El Ahitofel moderno en las campañas actuales
En la política contemporánea, el arquetipo de Ahitofel se pasea por los cuarteles de campaña luciendo trajes costosos, títulos de universidades prestigiosas y doctorados en análisis de datos o marketing político. Son los tecnócratas y estrategas geopolíticos que diseñan discursos de odio calculados, sectarios y libertarios; manipulan algoritmos para polarizar a la sociedad y construyen planes económicos que se ven perfectos en gráficos de Excel, pero que destruyen el tejido social y la dignidad de las personas en la realidad.
Cuando un candidato se rodea exclusivamente de «Ahitofeles», el ciudadano debe encender las alarmas. Un equipo técnico brillante, pero desprovisto de valores cristianos y morales, honestidad y respeto por la verdad, usará el poder con un pragmatismo aterrador. No les importará fragmentar el país, difamar al adversario o violar principios constitucionales con tal de asegurar la victoria. La historia bíblica nos muestra el fruto de este modelo: cuando el consejo de Ahitofel fue rechazado por una estrategia más astuta, su ego no soportó el fracaso y terminó suicidándose (2 Samuel 17:23). El brillo intelectual sin base ética siempre camina de la mano con la autodestrucción.
El libro de Proverbios nos deja un filtro estatal claro para desactivar esta amenaza:
«Quita al impío de la presencia del rey, y su trono se afirmará en justicia» (Proverbios 25:5).
Si el círculo de asesores de un candidato está compuesto por mercenarios de la comunicación y técnicos sin escrúpulos, la justicia estará ausente de su futuro gobierno.
2. Los jóvenes de Roboam: la retórica de la fuerza y la embriaguez del ego
Dos generaciones después de David, el reino unificado de Israel llegó a una encrucijada histórica. El rey Salomón había muerto, dejando un legado de opulencia, pero también un pueblo exhausto por los altos impuestos y la mano de obra forzada. El pueblo, liderado por Jeroboam, se acercó al nuevo heredero, Roboam, con una petición legítima y humilde: «Tu padre agravó nuestro yugo, mas alivia tú algo de la dura servidumbre… y te serviremos» (1 Reyes 12:4).
Roboam se encontró ante el dilema que enfrenta todo nuevo gobernante: optar por la empatía institucional o por la demostración de fuerza. Para decidir, consultó a dos grupos. Primero, a los ancianos que habían servido a su padre, quienes le dieron un consejo cargado de sabiduría de Estado:
«Si tú fueres hoy servidor de este pueblo, y lo sirvieres, y respondiéndoles buenas palabras les hablares, ellos te servirán para siempre» (1 Reyes 12:7).
Este consejo es la esencia misma del servicio público. Los ancianos entendían que la autoridad legítima se cultiva a través de la empatía, la concertación y el alivio de las cargas de los ciudadanos. Pero Roboam prefirió dejar de lado el consejo de los mayores y consultar a los yeladim: los jóvenes, los muchachos que se habían criado con él y que formaban su círculo de amigos íntimos.
Estos jóvenes, embriagados por el acceso repentino al poder, carecían de madurez, sensibilidad social y visión histórica. Su consejo apeló directamente a la soberbia del nuevo monarca:
«Así hablarás a este pueblo… Mi dedo meñique es más grueso que los lomos de mi padre. Ahora bien, mi padre os cargó de yugo pesado, mas yo añadiré a vuestro yugo; mi padre os castigó con azotes, mas yo os castigaré con escorpiones» (1 Reyes 12:10-11).
Roboam escuchó el consejo de sus amigos. Prefirió la retórica de la intimidación, el orgullo y la opresión, la lucha de clases, la desigualdad, el odio a las clases “favorecidas” e ideales impuestos a la fuerza. El resultado fue inmediato y catastrófico: diez de las doce tribus de Israel se rebelaron en ese mismo instante, el reino se fracturó irremediablemente en dos y la nación jamás volvió a recuperar su gloria unificada.
El peligro del populismo mesiánico
En nuestros procesos electorales contemporáneos, «los jóvenes de Roboam» no solo representan necesariamente una cuestión de edad biológica, ya que muchas veces jóvenes adoctrinados influyen en la elección debido a sus números masivos; sino también representan la madurez de carácter y estilo político. Son el arquetipo de la retórica incendiaria, de los estallidos y levantamientos sociales, el mesianismo arrogante y la política del aplastamiento.
Son equipos de trabajo que fundamentan toda su propuesta en la agresión, en la humillación del rival, en la promesa de «castigar» a los sectores opuestos con el voto y se fundamentan en la tolerancia exagerada con lo inmoral y en el desprecio absoluto por los valores cristianos, la diplomacia y el diálogo institucional.
Utilizan discursos que validan la rabia del electorado para presentarse como figuras omnipotentes o libertarios que resolverán los problemas complejos de un país mediante la fuerza bruta del autoritarismo o el capricho personal.
La Escritura nos advierte con total precisión sobre la desconexión de este tipo de entornos:
«El que anda con sabios, sabio será; mas el que se junta con necios será quebrantado» (Proverbios 13:20).
Roboam se rodeó de necios aduladores que solo sabían alimentar su ego, y el tejido social de su nación terminó completamente quebrado. Cuando evaluamos a un candidato previo a unas elecciones, debemos mirar el tono y el espíritu de la gente que le aplaude las ideas más radicales. Si su círculo íntimo festeja la intolerancia (con quienes se le oponen) o la tolerancia con los antivalores familiares, morales y religiosos, la soberbia y el quebrantamiento de las normas básicas de convivencia democrática, ese candidato gobernará con escorpiones, no con justicia. En cambio, un candidato rodeado por la Iglesia, por el empresariado, por las familias y los impulsores de valores morales y espirituales, sin duda está indicándonos que es el correcto.
3. El filtro espiritual, moral e institucional:
el peso de los “frutos” Cuando analizamos el entorno de un líder, no podemos quedarnos únicamente en la superficie de sus asesores técnicos o comunicacionales. Existe una dimensión más profunda, sutil y determinante: el entorno espiritual y moral.
A nivel institucional, los valores que gobiernan el corazón de las personas de confianza de un candidato operan como una atmósfera invisible que termina por asfixiar o potenciar sus decisiones. David sobrevivió a la crisis de Absalón porque, en medio del caos, retuvo a su lado a Husai, cuyo nombre hebreo significa «El que se apresura a ayudar». Husai arriesgó su vida actuando con fidelidad, prudencia y un profundo temor a los principios divinos para contrarrestar la maldad del entorno de Absalón. Husai no buscaba el protagonismo ni el saqueo del palacio; buscaba la restauración del orden y la justicia.
Por el contrario, el entorno moral de los candidatos actuales suele estar plagado de dinámicas ocultas. Es aquí donde el electorado espiritual y reflexivo debe aplicar el principio de discernimiento más básico establecido por Jesús:
«Por sus frutos los conoceréis. ¿Acaso se recogen uvas de los espinos, o higos de los abrojos? Así, todo buen árbol da buenos frutos, pero el árbol malo da frutos malos» (Mateo 7:16-17).
Un candidato a gobernar una nación puede firmar compromisos éticos ante notarios públicos, besar niños en los mítines de campaña y citar pasajes sagrados para conmover el voto religioso. Pero la gran pregunta que debemos hacernos en vísperas de una elección es: ¿Cuáles son los frutos del ecosistema humano que financia, sostiene y aconseja a este líder en la intimidad?
Si los principales aliados de un candidato son empresarios cuestionados, figuras vinculadas a la corrupción institucional o líderes sectoriales que buscan el beneficio propio por encima del bien común, el árbol está podrido en sus raíces. No se pueden cosechar políticas públicas de honestidad e higos de transparencia a partir de un matorral de espinos éticos.
Si el círculo familiar y afectivo del líder muestra dinámicas de deshonestidad, enriquecimiento ilícito o desprecio por la dignidad humana, el candidato carecerá de la autoridad moral interna para corregir la corrupción de un Estado.
Un gobierno no se corrompe de afuera hacia adentro; se pudre desde el centro de su círculo de confianza. Cuando el entorno espiritual y moral de un gobernante está alineado con la avaricia o la soberbia, el resultado para la sociedad es trágico, tal como lo sentencia el libro de Proverbios:
«Cuando los justos dominan, el pueblo se alegra; mas cuando domina el impío, el pueblo gime» (Proverbios 29:2).
El gemido de una nación —expresado en desempleo, inseguridad, servicios de salud colapsados y desesperanza— suele ser la factura de haber elegido a un líder que le entregó el oído y la firma a los consejeros equivocados.
4. Guía práctica de discernimiento ciudadano previo a las urnas
Para no ser víctimas del empaque de marketing político en los próximos comicios, la historia de Ahitofel, Husai, los ancianos y Roboam nos ofrece una matriz de evaluación sumamente práctica. Antes de marcar tu voto en la boleta electoral, somete al candidato y a su entorno a este riguroso examen de tres filtros:
Filtro 1: La calidad ética del equipo técnico (El filtro Ahitofel)
Pregunta clave: Los expertos, economistas, jefes de debate y estrategas que rodean al candidato, ¿tienen una trayectoria de integridad institucional o son mercenarios políticos conocidos por cambiar de bando y justificar cualquier método con tal de alcanzar el poder? Señal de alerta: Un equipo técnico que basa su estrategia en la difusión de noticias falsas, la destrucción de reputaciones y la manipulación de la verdad.
Filtro 2: El tono de la retórica y el respeto por el diálogo (El filtro Roboam)
Pregunta clave: ¿La campaña del candidato promueve el consejo de “los ancianos” —la experiencia, la moderación, la búsqueda de consensos nacionales y el alivio de las cargas ciudadanas (impuestos)—, o promueve el de “los jóvenes de Roboam”, basado en el mesianismo, la confrontación radical y la promesa de gobernar para las minorías mediante el miedo y el sometimiento? Señal de alerta: Discursos que dividen al país de manera absoluta entre “buenos y malos”, prometiendo soluciones mágicas mediante la erradicación del oponente.
Filtro 3: Los frutos morales del círculo íntimo (El filtro de los frutos)
Pregunta clave: ¿Quiénes sostienen económicamente la campaña? ¿Quiénes son los amigos íntimos y consejeros morales del candidato? ¿Qué frutos de integridad, honestidad y servicio público han mostrado esas personas a lo largo de sus vidas?
Señal de alerta: Financistas invisibles, alianzas con clanes políticos tradicionales de dudosa reputación o un entorno familiar envuelto en escándalos de corrupción sin esclarecer.
El verdadero significado del liderazgo
En la víspera de definir el rumbo de nuestro país, debemos recordar las palabras de Cristo respecto a la naturaleza del poder legítimo. El diseño del mundo enseña que gobernar es sinónimo de señorear, dominar y exhibir el látigo de la autoridad. Pero el diseño divino de la gobernabilidad opera bajo una lógica completamente opuesta:
«Sabéis que los que son tenidos por gobernantes de las naciones se enseñorean de ellas, y sus grandes ejercen sobre ellas potestad. Pero no será así entre vosotros, sino que el que quiera hacerse grande entre vosotros será vuestro servidor» (Marcos 10:42-43).
Los ancianos de la historia de Roboam entendían este principio a la perfección. Le pidieron al nuevo rey que se despojara por un momento de la corona del orgullo, que mirara los ojos cansados de su pueblo y que se hiciera su servidor por un día para asegurar la paz de la nación para siempre.
Cuando acudas a votar, no busques a un mesías, no votes por el candidato que te ofrezca el discurso más brillante, pero cargado de veneno, y no te dejes deslumbrar por un equipo técnico carente de escrúpulos. Busca a un líder que tenga la madurez de carácter, la templanza espiritual y la sabiduría institucional para rodearse de hombres y mujeres justos, leales a los principios de la verdad y con vocación de servicio.
Examina el árbol, analiza sus raíces, evalúa el bosque humano que lo acompaña y recuerda: quien siembra escorpiones en su campaña jamás podrá cosechar justicia, paz y prosperidad desde el gobierno.
Por último, si eres creyente, elige como creyente (hay un par de artículos más al respecto).
Escucha la voz del Espíritu de Dios, escucha a tus pastores locales y, si estos son neutrales, despiértate y elige al que mejor represente los valores que Dios defiende y nos enseña en su palabra.
Elige, eso sí, no dejes de votar, pero elige bien.
Bendiciones

